El té entra al apartamento en una bolsa de papel, casi cartón te diría. Pasa al frasco grande de vidrio con cierre a presión. De ahí a un recipiente de madera donde recurro cada vez que hago un litro. Vamos a detenernos en este:


Porque acá se va juntando con el paso del tiempo y sucesivos trasegados, una cantidad de polvillo de té que una vez tiré y después me arrepentí cuando me acordé que servía para teñir.
Ayer estuve a punto de hacer lo mismo, pero saltó una chispa de memoria al mismo tiempo que una araña bajó desde el mueble a la mesada de la cocina. No tiene mucho que ver pero bueno, pasaron las dos cosas. Puñetazo en el mármol.

El polvillo de té descansó una noche en la mesada. Hoy, cuando lo vi, busqué un frasco vacío de vidrio y pensé en rotular. Me acordé de los papeles que venían en los casetes vírgenes. Los fui a rastrear y mientras estaba arrodillado reclamando al estante de abajo que los tuviera, recordé una limpieza feroz y creí haberlos tirado. No puede ser, guardarlos 35 años para deshacerse un mes antes de una idea para usarlos. No fue así. Están en otro lado. Alivio. Reparto en la mesa, foto para instagram:

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Trabajo final propiamente dicho:

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